Hay una pregunta que me hago cada vez con más frecuencia cuando vuelvo a ver aquellas películas que marcaron mi infancia y mi adolescencia: ¿dónde estaban los gays en las películas de los años ochenta? No me refiero a dónde estaban los personajes homosexuales en aquellas historias que hablaban específicamente de homosexualidad, ni a dónde estaban las tramas relacionadas con el sida, que sin duda forman parte de la historia de aquellos años y tuvieron una importancia capital en la representación de la comunidad LGTBI. Me refiero a algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más difícil de encontrar: ¿dónde estaba el chico gay que simplemente formaba parte de la historia, el adolescente que iba al instituto, que tenía amigos, que se enamoraba, que tenía miedo, que quería caer bien y que, además de todo eso, era gay? Yo fui un niño de los años ochenta, y esta cuestión no la planteo desde la distancia analítica, sino desde el recuerdo de quien estaba sentado delante del televisor aprendiendo cómo era el mundo que se suponía que le esperaba.

Fotograma de Los Goonies (Richard Donner, 1985), una de las películas de aventuras más emblemáticas de los años ochenta. Fuente: Filmaffinity.
Cuando miro hacia atrás y pienso en lo que aquellas producciones me ofrecieron como posibilidad de identificación, reconozco que hubo una ausencia rotunda. Y aquí aparece inevitablemente la frase que tantas veces se utiliza para cerrar cualquier debate: «eran otros tiempos». Evidentemente que lo eran. Sé perfectamente que la sociedad de aquella década presentaba unos niveles de aceptación menores, que la homosexualidad estaba rodeada de prejuicios y que la industria cinematográfica estaba condicionada por la presión social y los límites de los estudios. Sin embargo, comprender el contexto histórico no debería obligarnos a borrar la experiencia de quienes vivimos dentro de él, porque para un niño gay aquellos no eran otros tiempos lejanos: eran mis tiempos, mi infancia, el mundo en el que estaba creciendo. Yo no necesitaba que el cine me explicara qué significaba ser homosexual ni exigía tramas militantes; necesitaba que, de vez en cuando, un gay pudiera existir dentro de una narrativa que no girase exclusivamente en torno a su orientación sexual.
El cine comercial de entonces reflejaba una normalidad heterosexual que se daba por sentada como parte indiscutible de la experiencia humana, apareciendo en aventuras, comedias o relatos de ciencia ficción sin que nadie considerase que la película trataba sobre heterosexualidad. Se nos ha dicho muchas veces que no hace falta declarar la orientación de un personaje para que exista, y que no todo tiene por qué explicarse explícitamente. Pero ahí es donde se revela el gran doble rasero: a un personaje heterosexual se le concede el permiso constante de demostrar lo que es a través de pequeños detalles cotidianos —una mirada, una mención al baile de graduación, un póster en la habitación o un enamoramiento casual— sin que nadie lo tache de innecesario. En cambio, cuando se plantea esa misma naturalidad para un personaje homosexual, se suele apelar a la ambigüedad o a que no hace falta que se sepa, negándole el derecho a una visibilidad tan sencilla y orgánica como la de cualquier otro. Para un chico homosexual, esa posibilidad parecía siempre inexistente o relegada al conflicto dramático, al secreto, al motivo de exclusión o al elemento cómico.

Fotograma de The Breakfast Club (John Hughes, 1985), una referencia clave del cine adolescente de los años ochenta. Fuente: Filmaffinity.
Al pensar en títulos fundamentales como Los Goonies, Cuenta conmigo o El club de los cinco, resulta evidente que nadie exigía transformar sus argumentos, sino aceptar que la adolescencia no poseía una única experiencia posible y que entre aquellos grupos de amigos también cabía la existencia cotidiana de alguien que todavía no encajaba en los moldes tradicionales. Estudiar el cine de aquella época demuestra que la homosexualidad existía en espacios independientes o en la cinematografía europea, pero el gran circuito comercial tendía a encasillar al colectivo en estereotipos marcados por el sufrimiento, la marginación o el uso reiterado del insulto y la broma. Quizá no aparecía un personaje gay con historia propia, pero la palabra «marica» o el chiste a costa del chico amanerado sí estaban bien presentes en películas como El club de los cinco. La homosexualidad no aparecía como una identidad digna de ser vivida, sino como una herramienta para humillar, señalar al diferente o castigar al que no cumplía con los códigos de masculinidad exigidos. Escuchar de niño ese tipo de lenguaje en pantalla, sin encontrar jamás un contrapeso que te dijera que tu vida también podía continuar con normalidad, dejaba un poso profundo sobre qué personas tenían derecho a ocupar el centro del relato y cuáles estaban condenadas a la burla.
A pesar de todo, adoro aquellas películas (algunas, no todas) porque forman parte de mi memoria sentimental y de mi manera de entender el séptimo arte. No pretendo juzgarlas desde una superioridad moral anacrónica, sino completar la fotografía de una generación. Los gays de los años ochenta estábamos en todas partes, sentados en las mismas butacas y viendo las mismas historias, aunque el cine rara vez decidiera enfocarnos de forma genuina. Lo que faltaba no era la realidad, sino el reflejo; la posibilidad de mirar una pantalla y comprender que nosotros también formábamos parte de ese mundo. Fue nuestra vivencia, fuimos esos niños, y es una verdad tan íntima que ya no aceptamos que nadie venga a rebatírnosla.
Ángel Rocha
Recomendación: El artículo The Other F-Word: How Homophobic Language Has Ruined ’80s Teen Movies (KQED) ofrece un análisis contundente sobre cómo el uso normalizado de insultos homófobos marcó la cultura audiovisual de los años ochenta y sigue afectando la forma en que revisamos esas películas hoy. Es una lectura imprescindible para entender cómo el lenguaje construye exclusión en el cine popular y cómo estas dinámicas siguen resonando en la memoria cultural.
The Other F Word: How Homophobic Language Has Ruined 80s Teen Movies (KQED)
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